El chat

El chat era mi juguete preferido por aquél entonces. Compulsivamente mis dedos tecleaban frases que intentaban llamar la atención de otros de manera insistente, además de contestar propuestas de alto contenido sexual. La furia y exploración lujuriosa posadolescente prevalecía antes que cualquier cosa, la satisfacción que me podía entregar un cuerpo grande, tosco y sudoroso era inigualable. En ese entonces yo vivía como un sexópata y la verdad es que poco me importaba.

La noche cayó rauda al igual que la lluvia que mojaba mi cabeza verde esponjosa. Yo esperaba nervioso el jeep azul que pasaría por mí. El lugar del encuentro era en Eliodoro Yañez con José Manuel Infante. De repente un rápido cambio de luces, una cara desconocida, alegre y de mirada contemplativa me invitaba subir al auto, en un par de segundos ya me encontraba instalado en el asiento del copiloto al lado de un tipo que fácilmente podría tener 30 años más que yo.

Entre vuelta y vuelta por lugares desconocido del gran Santiago llegamos a instalarnos a un pequeño y tranquilo bar que parecía un local de comida casera, las mesas y sillas vacías abundaban, mi acompañante conocía al mesero y al ver la complicidad que tenían supuse de inmediato que ya había llevado a otros al sucucho.

Las piscolas no estaban malas del todo y la conversación era entretenida, yo recuerdo que mentí un par de veces sobre mi vida. Él me contó que hacía clases de teatro en una universidad privada izquierdista, yo le conversaba que llevaba poco tiempo en la ciudad, las cosas que me interesaban y me trataba de agrandar, ahora me doy cuenta que me de lo patético que debo haber sido. Patético , provinciano y bastante pendejo.

La tensión sexual estuvo presente durante toda la cita, al fin de cuentas ambos sabíamos la razón de estar ahí. En un principio no me gustó mucho ya que sumando a los años que tenía, su actitud media amanerada y su voz nasal me disgustaron. Después del copete ya estaba medio caliente y encontraba hasta linda su pelada.

El camino al motel era aun más confuso, pero como la calentura ganaba poco me importó deslizar mi mano a su entrepierna, él manejaba erguido mientras mi boca se posaba en su falo durísimo que me invitaba a tragar más y más.

Cuando llegamos al motel (que era una casa horrible, oscura y poco aseada) nos fuimos directo a una pieza, la lluvia se sentía en el techo y una luz que iluminaba con un tono verde muy pobre permitía ver solo nuestras siluetas. Nos desvestimos inmediatamente y él se fue directo a mi pene que se empinaba curioso e impaciente. No contaré más detalles, solo diré que esa noche fue la primera vez que le di nalgadas a alguien, cosa que de vez en cuando sigo practicando.

Pasaron las semanas y recibí un segundo llamado de este caballero, ahora me invitaba a participar en un trio, la idea era ir a tomar algo junto a otro muchacho y después volver a aquella casa que se disfrazaba de hotel parejero. No acepté, estaba ocupado y la idea del trío no me llamó la atención. Una tercera llamada hubo en los días posteriores, lo dejé pasar y lo olvidé.

Casi un año más tarde me encontraba nervioso esperando audicionar para entrar a estudiar teatro, había averiguado por Internet el nombre de las personas que me probablemnete me tomarían la prueba y algo sabía de sus currículos. Mi experiencia en las artes escénicas era bastante poca, pero me las quería jugar por mis deseos de figurar.

La espera fue eterna, el monólogo que tenía que hacer era de Marco Antonio de La Parra y era bastante díficil, no recuerdo a que obra pertenecía, pero hablaba sobre un tipo que se autocomplacía y tenía su propio orificio para hacerlo.

Cuando escuché mi nombre y una simpática muchacha me iba a buscar para entrar a dar la prueba los nervios me atacaron, ya sabía por comentarios de los otros postulantes que las luces iban a estar sobre sobre mí y que a las 5 personas que conformaban la comisión evaluadora no les vería las cara, solo sus siluetas. Entré a la sala y casi me recago al reconocer esa figura calva y erguida que meses antes me había dicho “cosas cochinas al oído”. Él era el jefe de carrera, yo con mucha suerte pasé la prueba.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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